martes, 7 de septiembre de 2010

Subo a mi apartamento,
ese con un gran reloj en su ventana.-
Desde ahí veo todo lo que me rodea,
una vista de 361º en una sola dirección.

Miro como los peregrinos avanzan, tejiendo bufandas y rompiendo tambores.
Coreando que el freno se pisa cuando amanezca.
La gran, gran, gran desventaja sufrida,
es que la tarde recien comienza, y cierro las persianas,
pongo el despertador, y salgo a buscar huellas
en un desierto de edificios.

Room Full Of Mirrors - The Pretenders

I used to live in a room full of mirrors
All I could see was me
Well I took my spirit
And I crashed my mirrors
Now the whole world is here for me to see
I've got a whole world that's here for me to see
Now I'm searching for my love to be

Yeah, yeah, yeah, yeah, yeah, yeah, yeah, yeah, yeah

Broken glass was falling in my brain
Cuttin' and screamin' and crying in my head
Broken glass was falling in my brain
It used to fall on my dreams and cut me in my bed
It used to fall on my dreams and cut me in my bed
I said making love was strange in my bed

Yeah, yeah, yeah, yeah, yeah. yeah. yeah. yeah, yeah

Love come shining o'er the mountain
Love come shining o'er the sea
Love will shine on my baby
Then I'll know exactly who's for me
Then I'll know exactly who's for me

(in the meantime we still got alotta groovy time)

Hey!yeah.yeah.yeah.yeah.yeah.yeah.yeah.yeah

jueves, 2 de septiembre de 2010

Empiezan los créditos de una pelicula,
mientras un mozo pide orden en la corte.
Unos auriculares todos enredados,
unos anteojos empañados por el calor.

El mozo inhala, la corte lo expulsa.
Por primera vez, veo un payaso tomar de rehen a un circo,
escondido tras la mascara de un anfitrión.

Despertate, ¿no ves que se escapa?
¿Que se escapa qué?
Tus ideas, tu cuaderno,
¡agarralo que se escapa!
Gotas pesadas que caen sobre el techo.
Sobre el techo de un décimo piso.
Suenan como alcancías cayendo,
te oís decir, antes de que las monedas tapen tu boca.

Charcos enormes, como espejos,
flotan en el piso, mirando.
Se ríen de vos, desfigurando tu cara,
tu presencia, tu esencia.

Los paraguas corren asustados del inminente aguacero,
a esconderse detrás de lapidas cromadas.
Si las piernas me dieran, gruñe un viejo,
viajaría siempre hasta Japón.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

“Desde entonces hasta hoy, la muerte ha ido avanzando tenaz y lentamente por los cimientos y las vigas interiores de la casa. Sin vértigo, sin prisa. Sin compasión ninguna. En sólo cuatro años, la hiedra y la carcoma han destruido el trabajo de toda una familia y de todo un siglo”. Así dice el último habitante de un pueblo del pirineo oscense en la novela “La Lluvia Amarilla”, escrita en 1988 por Julio Llamazares.

No quiero volver.

Puedo escuchar charlas a lo lejos,
estando a 5 metros de mi.
Puedo vislumbrar las puertas del colegio,
mientras me trato de concentrar en otra cosa.

No puedo, todo remite a lo mismo,
a esas ansias de vomitar,
a esas ansias de purgar un cuerpo que no es mio.

Vislumbro la silueta de un auto,
pasando cerca mio.
Veo mi reflejo, y sigo caminando.
El paisaje, siempre lleno de niebla impide llegar a mi casa.
Tu casa, mi casa.

Los contrastes y colores son nauseabundos,
tanto como tu aroma.
Tropiezo con una piedra y caigo,
de narices al piso y sin poder hacer nada.

Se baja el telón,
mi memoria me
remonta a mi infancia,
al comienzo de los recreos.